40. No puedo omitir la historia de nuestro divertidísimo viaje al hotel desde el puerto sin dinero.



Al bajar del catamarán, descubrimos que no teníamos ni idea de dónde estábamos, no teníamos internet y nuestros teléfonos estaban casi muertos. Nuestros intentos de preguntar a algunos lugareños por el camino dónde estábamos fueron infructuosos. El nivel de inglés tailandés es muy bajo. Todavía estábamos tan aturdidos por todo lo ocurrido en el mar que no nos importaba en absoluto cuándo íbamos a poder llegar a nuestra casa. Lo que íbamos a hacer con sólo 99 baht no estaba claro. Lo importante era que estábamos vivos y bien. Seguimos por una de las calles y nos topamos con un ciudadano de medio metro de altura que hablaba ruso. Nuestros intentos de averiguar por él dónde estábamos también se evaporaron cuando nos acercamos a él y vimos que estaba tan borracho que ni él mismo sabía dónde estaba. Decidimos esperar a ver si pasaba una lanzadera. No pasaron ni 10 minutos y apareció uno. Lo conducía un abuelo tailandés de unos 70 años. Lo paramos y confiamos en que entendiera dónde estaba nuestro hotel y que íbamos por buen camino. Nos alegramos aún más cuando nos dijo "Ok, subid". Tras un trayecto de 30 minutos en una dirección aún más desconocida, acabamos en un lugar súper concurrido que, al parecer, era la última parada del señor. Nos bajamos y volvimos a intentar averiguar dónde nos había llevado. Fue nuestra primera carcajada del día. Resulta que el abuelo sabía dos palabras de inglés y cuando nos vio esperando a que le diéramos el dinero del billete nos dijo que subiéramos, sin entender en absoluto lo que le habíamos preguntado. Nos costaba exactamente 100 baht y yo tenía 99. Le di un puñado de monedas en la mano y bueno, no mostró ninguna gana de contarlas para no nos expusiéramos y decidiéramos pelearnos por un solo baht. Preguntamos por los turistas y de todos modos nos enteramos por ellos de que estábamos en el lado totalmente opuesto de la isla a nuestro recinto. Volvimos a sonreír. Cada vez era más divertido. La otra cosa de la que nos dimos cuenta entonces fue que habíamos tropezado con el Festival Anual de la isla. ¿Cómo es que también dimos con ése? No tenía nada de aleatorio. Había un escenario al aire libre y bandas de música, miles de personas a su alrededor y docenas de carpas con deliciosa comida. Bonito, sí, pero nosotros no teníamos ni un bate. Solos, hambrientos, sin dinero, pero... sobreviviendo y en un concierto. Realmente no hay día igual. Pero todo es bueno cuando acaba bien. Nos arremolinamos, comiendo los deliciosos manjares cuyo vapor nos envolvía. Escuchamos y vimos al menos parte del interesante concierto. Como si necesitáramos un final así, ya que nos levantó el ánimo. Vale, pero ¿cómo íbamos a volver a casa? Buscamos taxis y nos preguntamos cuánto nos costaría llegar a nuestra casita en la otra punta de la isla. Ellos, al ver que no teníamos dinero, se negaron a que les diéramos nada en el recinto, pero eso también era motivo para pedir cualquier cantidad. En varios lugares nos pidieron 1.200 baht. Los rechacé al instante. No sólo porque me parecía mucho, sino porque la verdad es que sacábamos moneda local todos los días de un cajero automático de Chaweng y tenía unos 600 baht disponibles en nuestra casa de allí. Eso nos dejaba para conducir y tampoco podía pagarles allí. Aparte, no llevaba tarjeta de débito ni de crédito, estaban en la caja fuerte. ¿Qué resultó al final? No hicimos ningún movimiento útil. Volvimos a nuestra posición inicial para preguntar si había alguna última lanzadera para el día y pedir que nos la pagaran cuando llegáramos a casa. Para completar el circo, en el mismo lugar donde nos habíamos bajado hacía 2 horas, vimos al mismo abuelo que se suponía que corría su última carrera. Ah, no teníamos un duro. No teníamos otra opción y nos subimos. En la lanzadera conocimos a otros europeos que nos dieron un rayo de esperanza de que su última parada fuera en Lamai y estuviéramos en la dirección correcta. Dentro había dos bancos en los que cabían unos 10 sentados. Cerca del conductor vimos a una pareja de tailandeses y holandeses. Por suerte para nosotros, la chica sabía inglés y pudimos motivarla para que le dijera al abuelo que no teníamos dinero y que no le mentiríamos y le pagaríamos en recepción cuando nos llevara. Cuánto y qué había entendido era un completo enigma, pero al menos se lo explicaron en su lengua materna. Poco a poco fueron bajando algunas personas y subiendo otras nuevas, pero a un kilómetro de nuestra meta sólo estábamos nosotros y la pareja en cuestión. En un momento dado, la tailandesa le dijo algo al conductor y me pidió educadamente que me bajara y me pusiera a su lado para explicarle por dónde conducir, ya que iba a subir por el camino de tierra para que no nos esperara demasiado y decidiera que nos habíamos escapado y le habíamos mentido. Me acerqué a él cuando de repente se paró a la izquierda, me miró con cara de mala leche, me regañó en tailandés, del que no entendía nada, y quiso que nos bajáramos. Llamé a la ventanilla pidiendo ayuda a su compatriota. Ella le dijo algo y él continuó y cuando estábamos muy cerca, volvió a tirar hacia la izquierda y se repitió la escena. Pero esta vez gritaba aún más fuerte y me amenazaba, con el teléfono en la mano. Tras otra explicación por detrás, arrancamos por tercera vez y llegamos lentamente al recinto. Dejé a mi mujer como una especie de apuesta y salí corriendo a por dinero. Me había dicho que quería 400 baht, que dado el efectivo disponible, me venía perfecto. Saqué los 600 de la caja fuerte y se los di todos. Aquel fue otro motivo para otra sonrisa entre nosotros. El tipo estaba tan contento de recibir 200 baht de propina que, si supiera inglés, ya me lo imaginaba trabajando para nosotros en los dos días que nos quedaban. Inhumanamente agotados por todo, nos tomamos un cóctel Hong Tong y una Coca-Cola, y puede que ésa haya sido la única noche que contamos que dormimos algo.


Chapters